
Entre las Preguntas sin Respuesta anodinas seguía brillando la alianza en el anular del comisario. Danglard escogió ese día de chaparrón para interrogar a Adamsberg con una simple mirada a la sortija. El comisario se quitó la chaqueta empapada, se sentó de lado y extendió la mano. Esa mano, demasiado grande para su cuerpo, con la muñeca lastrada por dos relojes que se entrechocaban, y ahora enriquecida por ese anillo de oro, no se adaptaba al resto de su aspecto, descuidado hasta lo rudimentario. Habríase dicho la mano de un noble pegada al cuerpo de un campesino, elegancia excesiva pendiendo de la piel morena del montañés.
– Mi padre ha muerto, Danglard -explicó tranquilamente Adamsberg-. Estábamos los dos sentados debajo de un puesto de tiro al vuelo, observando un cernícalo que volaba sobre nosotros. Hacía sol, y cayó.
– No me dijo usted nada -masculló Danglard, a quien los secretos del comisario ofendían sin razón.
– Me quedé allí hasta el anochecer, tumbado a su lado, con su cabeza apoyada en mi hombro. Seguramente seguiría allí todavía, de no ser porque un grupo de cazadores nos encontró por la noche. Antes de que cerraran el ataúd, le cogí el anillo. ¿Creía que me había casado? ¿Con Camille?
– Me lo preguntaba.
Adamsberg sonrió.
– Pregunta resuelta, Danglard. Usted sabe mejor que yo que dejé a Camille irse diez veces, pensando siempre que el tren volvería a pasar una undécima vez, el día en que a mí me conviniera. Y es precisamente en ese momento cuando no pasa.
– Nunca se sabe con los cambios de aguja.
– A los trenes, como a los hombres, no les gusta quedarse parados. Al cabo de un tiempo, se ponen nerviosos. Después de enterrar a mi padre, pasé el tiempo recogiendo guijarros en el río. Es una cosa que sé hacer. Dese cuenta de la paciencia infinita del agua que pasa sobre esas piedras. Y ellas se dejan, cuando en realidad el río se les está comiendo todas las asperezas como si tal cosa. Al final, gana el agua.
