
– Si se trata de luchar, prefiero las piedras al agua.
– Como quiera -respondió Adamsberg, abúlico-. Hablando de piedras y agua, dos cosas, Danglard. Por una parte, tengo un fantasma en mi nueva casa. Una monja sanguinaria y codiciosa que murió bajo los puños de un curtidor en 1771. La aplastó. Así. Se aloja en estado fluido en el desván. Esto en lo que se refiere al agua.
– Bien -dijo Danglard con prudencia-. ¿Y en lo que se refiere a las piedras?
– He visto a la nueva forense.
– Elegante, fría y trabajadora, por lo que dicen.
– Y superdotada, Danglard. ¿Ha leído su tesis sobre los asesinos partidos en dos?
Pregunta inútil, Danglard lo había leído todo, hasta las instrucciones de evacuación en caso de incendio clavadas con chinchetas en las puertas de las habitaciones de hotel.
– Sobre los asesinos disociados -rectificó Danglard-. A ambos lados del muro del crimen. El libro tuvo mucha repercusión.
– Pues resulta que ella y yo nos hicimos trizas, como fieras, hace más de veinte años, en un café de Le Havre.
– ¿Enemigos?
– En absoluto. Ese tipo de colisión a veces acaba siendo base de sólidas alianzas. No le aconsejo que la acompañe al café, practica mezclas capaces de tumbar a un marino bretón. Se encarga de los dos muertos de La Chapelle. Según ella, los mató una mujer. Habrá afinado sus primeras conclusiones esta noche.
– ¿Una mujer?
Danglard irguió su cuerpo blando, escandalizado. Le horrorizaba la idea de que las mujeres pudieran matar.
– Pero ¿no ha visto el formato de los tipos? ¿Es una broma?
– Cuidado, Danglard. La doctora Lagarde no se equivoca nunca, o casi nunca. Sugiera esa hipótesis a los estupas, eso los calmará un tiempo.
