– Mortier ya no es controlable. Lleva meses rompiéndose los cuernos con el tráfico de drogas en Clignancourt-La Chapelle. Está en mala posición, necesita resultados. Ha vuelto a llamar dos veces esta mañana, está hecho un basilisco.

– Deje que grite. Al final, gana el agua.

– ¿Qué piensa hacer?

– ¿Para lo de la monja?

– Para lo de Diala y La Paille.

Adamsberg echó a Danglard una mirada borrosa.

– Así se llaman las dos víctimas -explicó Danglard-. Diala Toundé y Didier Paillot, conocido como «La Paille». ¿Vamos a la morgue esta noche?

– Esta noche estoy en Normandía. Hay un concierto.

– Ah -dijo Danglard levantándose pesadamente-. ¿Busca el cambio de agujas?

– Soy más humilde, capitán. Me conformo con cuidar del niño mientras ella toca.

– Comandante, ahora soy comandante. Recuérdelo, asistió usted a mi ceremonia de promoción. ¿Qué concierto? -preguntó Danglard, que siempre tenía muy en cuenta los intereses de Camille.

– Algo importante, seguro. Una orquesta británica con instrumentos antiguos.

– ¿El Leeds Baroque Ensemble?

– Algo por el estilo -confirmó Adamsberg, que nunca había podido aprender una sola palabra de inglés-. No me pregunte qué toca, no tengo ni idea.

Adamsberg se levantó, cogió su chaqueta mojada y se la echó al hombro.

– En mi ausencia, vigile el gato, a Mortier, a los muertos y el humor del teniente Noël, que no deja de degradarse. No puedo estar en todo, tengo mis obligaciones.

– Ahora que es usted un padre responsable -refunfuñó Danglard.

– Si usted lo dice, capitán.

Adamsberg acogía de buena gana los reproches gruñones de Danglard, que consideraba casi siempre justificados. El comandante criaba solo, como un pájaro a su nidada, a sus cinco hijos cuando Adamsberg aún no había captado que aquel recién nacido era suyo. Por lo menos había memorizado el nombre, Thomas Adamsberg, alias Tom. Menos da una piedra, opinaba Danglard, que nunca llegaba a desesperar del todo respecto al comisario.



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