
– El que lo haya hecho -enunció un grandullón encorvado desde el extremo de la mesa- no es un hombre.
– Es un animal.
– Peor que un animal.
– Exactamente.
Introducción del tema. Adamsberg sacó su libreta, todavía abarquillada por la humedad, y se puso a dibujar los rostros de cada uno de los actores. Caras de normandos, no cabía duda. Encontraba en ellos los rasgos de su amigo Bertin, descendiente de Thor, dios del trueno, que regentaba un café en una plaza de París. Todos tenían mandíbulas cuadradas y pómulos altos, todos tenían el pelo claro y la mirada azul pálido y huidiza. Era la primera vez que Adamsberg ponía los pies en la tierra de las praderas empapadas de Normandía.
– Para mí -prosiguió Robert-, ha sido un joven. Un obseso.
– Un obseso no tiene por qué ser joven.
Contrapunto lanzado por el mayor de todos, el que presidía la mesa. Los rostros se volvieron, apasionados, hacia el veterano.
– Eso es discutible -gruñó Robert.
Robert tenía, pues, el papel difícil, pero igualmente indispensable, de contradecir al veterano.
– No es discutible -replicó el viejo-. Pero lo que sí es verdad es que el que lo haya hecho es un obseso.
– Un salvaje.
– Exactamente.
Repetición del tema y desarrollo.
– Porque hay matar y matar -intervino el que estaba sentado al lado de Robert, menos rubio que los demás.
– Eso es discutible -dijo Robert.
– No es discutible -zanjó el abuelo-. El tipo que haya hecho eso lo que quería era matar, y punto. Dos disparos en el costado y ya está. Ni siquiera se llevó carne. ¿Sabes cómo lo llamo yo?
– Un asesino.
– Exactamente.
Adamsberg había dejado de dibujar, y permaneció atento. El viejo se volvió hacia él y le echó una mirada de rondón.
