– Al fin y al cabo -dijo Robert-, Brétilly tampoco es del todo nuestra zona, está a treinta kilómetros. Entonces, ¿por qué hablamos de eso?

– Porque es una deshonra, Robert, por eso.

– Para mí que no es de Brétilly. Eso lo ha hecho un parisino. Angelbert, ¿no te parece?

O sea que el veterano que presidía la mesa se llamaba Angelbert.

– Hay que reconocer que en París tienen más obsesos que en cualquier otro sitio -dijo.

– Con la vida que llevan…

Se estableció un silencio alrededor de la mesa y algunos rostros miraron fugazmente a Adamsberg. Es inevitable, a la hora de la reunión de los hombres, que el intruso sea descubierto, sopesado, y luego rechazado o acogido. En Normandía como en todas partes, y quizá peor que en otras partes.

– ¿Por qué tengo que ser parisino? -preguntó Adamsberg en tono tranquilo.

El abuelo señaló con la barbilla hacia el libro que había en la mesa del comisario, junto al vaso de cerveza.

– El billete. Con que marca la página. Es un billete de metro de París. Sabemos reconocer.

– No soy parisino.

– Pero no es de Haroncourt.

– De los Pirineos, de la montaña.

Robert alzó una mano y la dejó caer pesadamente sobre la mesa.

– Un gascón -concluyó, como si una capa de plomo acabara de caer sobre la mesa.

– Un bearnés -precisó Adamsberg.

Inicio del juicio y deliberación.

– Pues no será que nunca han dado guerra los montañeses -opinó Hilaire, un viejo menos viejo pero calvo que estaba sentado al otro extremo de la mesa.

– ¿Cuándo? -preguntó el más moreno.

– Déjalo, Oswald, fue hace tiempo.

– Y los bretones, peor incluso. ¿O es que son los bearneses los que nos quieren quitar el Monte Saint-Michel?

– No -reconoció Angelbert.

– Lo que está claro -aventuró Robert examinándolo- es que no tiene pinta de salir de un drakkar. ¿De dónde salen los bearneses?



35 из 318