
– De la montaña -contestó Adamsberg-. La montaña los escupió en un chorro de lava, cayeron por las laderas y se solidificaron, y así nacieron los bearneses.
– Claro -dijo el que tenía la misión de marcar.
Los hombres esperaban, exigiendo en silencio conocer las razones de la presencia de un extraño en Haroncourt.
– Busco el palacio.
– Puede ser. Dan un concierto esta noche.
– Acompaño a una persona de la orquesta.
Oswald sacó el periódico municipal de su bolsillo interior y lo desplegó con cuidado.
– Aquí hay una foto de la orquesta -dijo.
Invitación a acercarse a la mesa. Adamsberg cruzó los pocos metros con el vaso en la mano y observó la página que le enseñaba Oswald.
– Aquí está -dijo poniendo un dedo en el periódico-, la de la viola.
– ¿La guapa?
– Sí.
Robert volvió a servir, tanto para marcar la importancia de la pausa como para tomarse otra ronda. Un problema arcaico atormentaba ahora a la asamblea de hombres: qué podía ser esa mujer para el intruso. ¿Amante? ¿Esposa? ¿Hermana? ¿Amiga? ¿Prima?
– Y la acompaña -repitió Hilaire.
Adamsberg asintió. Le habían dicho que los normandos nunca hacen preguntas directas, leyenda creía él, pero tenía ante sus ojos una pura demostración de ese orgullo del silencio. Hacer demasiadas preguntas es descubrirse, y descubrirse es dejar de ser un hombre. Sin recursos, el grupo se volvió hacia el veterano. Angelbert hizo crujir su barbilla mal afeitada rascándosela con las uñas.
– Porque es su mujer -afirmó.
– Lo fue -dijo Adamsberg.
– Pero usted la acompaña de todos modos.
– Por cortesía.
– Claro -dijo el marcador.
– A las mujeres -prosiguió Angelbert en voz baja-, un día las tienes y al día siguiente ya no las tienes.
– Cuando las tienes, ya no las quieres -comentó Robert-; y cuando ya no las tienes, vuelves a quererlas.
– Las pierdes -confirmó Adamsberg.
