
Todos echaron un buen trago, aliviados. No es que la bronca no fuera regularmente necesaria en la música de los hombres, pero esa noche, con el intruso, había otras prioridades.
– Esto -dijo Robert señalando la foto con su grueso dedo- no lo ha hecho un cazador. El tipo no ha tocado al bicho, no lo ha despiezado, ni se ha llevado los honores ni nada.
– ¿Los honores?
– Las cuernas y las pezuñas. La anterior derecha. El tipo lo rajó por puro gusto. Un obseso. Y la pasma de Évreux ¿qué hace? Nada. Les importa un carajo.
– Porque no es un asesinato -dijo otro contradictor.
– ¿Quieres que te diga una cosa? Hombre o animal, cuando alguien es capaz de una escabechina así, es que no anda bien de la sesera. ¿Quién te dice que luego no va a matar a una mujer? Los asesinos se entrenan.
– Es verdad -dijo Adamsberg recordando sus doce ratas en el puerto de Le Havre.
– Pero en la pasma son tan gilipollas que no les cabe en la cabeza. Más cortos que los gansos.
– Bueno, sólo es un ciervo -objetó el objetor.
– Tú también estás tonto, Alphonse. Pero, si yo fuera madero, ya verías cómo buscaría a ese tipo, y echando leches.
– Yo también -murmuró Adamsberg.
– Ah, ¿lo ves? Hasta el bearnés está de acuerdo. Porque una carnicería así, escúchame bien, Alphonse, quiere decir que hay un pirado suelto por la zona. Y puedes creerme, porque nunca me he equivocado: no tardarás en oír hablar de eso.
– El bearnés está de acuerdo -añadió Adamsberg mientras el viejo le volvía a llenar el vaso.
– Ah, ¿lo ves? Y eso que el bearnés no es cazador.
– No -dijo Adamsberg-. Es madero.
Angelbert suspendió el gesto, deteniendo la botella de vino a medio camino por encima del vaso. Adamsberg lo miró. Empezaba el desafío. Con una ligera presión de la mano, el comisario dio a entender que deseaba que acabaran de llenarle el vaso. Angelbert no se inmutó.
– Aquí no nos gustan los maderos -enunció Angelbert, con el brazo todavía inmóvil.
