
– Ni aquí ni en ninguna parte -puntualizó Adamsberg.
– Aquí menos que en otros sitios.
– Yo no digo que me gusten los maderos, digo que lo soy.
– ¿No te gustan?
– ¿Para qué?
El viejo entornó mucho los ojos, reuniendo su concentración para ese duelo inesperado.
– Entonces ¿por qué lo eres?
– Por descortesía.
La respuesta pasó veloz por encima de las cabezas de los hombres, incluida la de Adamsberg, que habría tenido dificultades para explicar sus propias palabras. Pero ninguno se atrevió a expresar su incomprensión.
– Claro -concluyó el marcador.
Y el movimiento de Angelbert, interrumpido como un instante en pausa de una película, reanudó su curso, la mano se inclinó, y el vaso de Adamsberg acabó de llenarse.
– O por esto -añadió Adamsberg señalando el ciervo destripado-. ¿Cuándo fue?
– Hace un mes. Quédate con el periódico si te interesa. A la pasma de Évreux le importa un carajo.
– Tontos -dijo Robert.
– ¿Qué es esto? -preguntó Adamsberg mostrando una mancha junto al venado.
– El corazón -dijo Hilaire con asco-. Le metió dos balas en el cuerpo, le arrancó el corazón con un cuchillo y se lo dejó hecho papilla.
– ¿Es una tradición? ¿Lo de arrancar el corazón al ciervo?
Hubo un nuevo movimiento de indecisión.
– Explícaselo, Robert -ordenó Angelbert.
– La verdad es que me asombra que no sepas nada de caza siendo montañés.
– Acompañaba a los adultos cuando salían -reconoció Adamsberg-. Hice los puestos de tiro al vuelo, como todos los niños.
– Menos mal.
– Pero nada más.
– Cuando has matado al ciervo -expuso Robert-, lo desuellas para colocarlo encima de la piel. En eso, le cortas los honores y los cuartos traseros. Las entrañas no las tocas. Le das la vuelta y le sacas los lomos, y luego le cortas la cabeza, por la cuerna. Cuando has acabado, envuelves el animal en su piel.
