– Exactamente.

– Pero no le quitas el corazón, rediez. Antes sí, había quien lo hacía. Pero hemos evolucionado. Ahora el corazón se lo queda la bestia.

– ¿Quién lo hacía?

– Déjalo, Oswald, eso era hace tiempo.

– Ése lo único que quería era matar y mutilar -dijo Alphonse-. Ni siquiera se llevó las cuernas. Y eso que las cuernas son lo único que quieren los que no tienen ni idea.

Adamsberg alzó la mirada hacia una gran cornamenta colgada en la pared del café, encima de la puerta.

– No -dijo Robert-. Ésa es una merda.

Una mierda, tradujo Adamsberg.

– Habla más bajo -dijo Angelbert señalando la barra, donde el dueño echaba una partida de dominó con dos jóvenes demasiado inexpertos para integrarse en el grupo de los hombres.

Robert echó una mirada al dueño y volvió hacia el comisario.

– Es un forano -explicó en voz baja.

– ¿O sea?

– Que no es de aquí. Es de Caen.

– ¿Y Caen no está en Normandía?

Hubo miradas, gestos. ¿Era apropiado informar al montañés acerca de un tema tan íntimo? ¿Tan doloroso?

– Caen está en la Baja Normandía -explicó Angelbert-. Aquí estamos en la Alta Normandía.

– ¿Y eso es importante?

– Digamos que no se compara. La auténtica Normandía es la alta, es ésta.

Su dedo torcido señalaba la madera de la mesa, como si la Alta Normandía acabara de reducirse al tamaño de un café de Haroncourt.

– Eso sí -completó Robert-, allá en Calvados te dirán lo contrario. Pero no te lo creas.

– Bien -prometió Adamsberg.

– Y además, a ellos, los pobres, les llueve todo el rato.

Adamsberg miró las ventanas, por las cuales corría la lluvia sin cesar.

– Hay lluvias y lluvias -explicó Oswald-. Aquí no llueve, aquí moja. ¿No hay de eso en tu tierra? ¿Foranos?

– Sí -reconoció Adamsberg-. Hay tensiones entre el valle de Pau y el valle de Ossau.



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