
– Pues muy sencillo: porque el sentimiento no ha terminado su vida. Esas cosas existen fuera de nosotros. Hay que esperar a que se acaben, hay que rascarse hasta el final. Y, si uno muere antes de haber terminado de vivir, pasa lo mismo. Los asesinados siguen vagando por ahí, unos canallas que no paran de venir a picarnos.
– Picaduras de araña -sugirió Adamsberg, cerrando el círculo.
– Aparecidos -dijo el viejo con gravedad-. ¿Comprende ahora por qué nadie quería su casa? Porque tiene fantasmas, hombre.
Adamsberg acabó de limpiar el cuezo y se frotó las manos.
– ¿Por qué no? -dijo-. No me molesta. Estoy acostumbrado a las cosas que se me escapan.
Lucio alzó el mentón y contempló a Adamsberg con cierta tristeza.
– Hombre, tú sí que no te le escaparás, si vas de listo. ¿Qué te crees? ¿Que puedes más que ella?
– ¿Ella? ¿Es una mujer?
– Es una aparecida del siglo de antes de antes, de la época de antes de la Revolución. Una vieja inmundicia, una sombra.
El comisario pasó lentamente la mano por la superficie rugosa de los bloques de hormigón.
– ¿Ah, sí? -preguntó, súbitamente pensativo-. ¿Una sombra?
II
Adamsberg preparaba el café en la gran sala-cocina, todavía poco acostumbrado al lugar. La luz entraba por los vidrios de la ventana, iluminando las antiguas baldosas, de un rojo mate, unas baldosas del siglo de antes de antes. Olores a humedad, a madera quemada, a hule nuevo, algo que, buscando bien, se asociaba a su casa de la montaña.
Puso dos tazas desparejadas en la mesa, justo donde el sol dibujaba un rectángulo. Su vecino se había sentado muy recto y se apretaba la rodilla con los dedos de su única mano. Una mano ancha, como para estrangular un buey con el pulgar y el índice, que parecía haber duplicado de volumen para compensar la ausencia de la otra.
