– ¿No tendrá un algo para acompañar el café? ¿Sin que sea una molestia?

Lucio echó una mirada suspicaz al jardín, mientras Adamsberg buscaba cualquier tipo de alcohol en las cajas de cartón aún apiladas.

– ¿Su hija no le deja? -preguntó.

– No me anima a ello.

– ¿A ver esto? ¿Qué es? -preguntó Adamsberg sacando una botella de una de las cajas.

– Un Sauternes -juzgó el viejo entornando los ojos como un ornitólogo identificando de lejos un pájaro-. Es un poco temprano para un Sauternes.

– No tengo nada más.

– Pues nos arreglaremos con eso -decretó el viejo.

Adamsberg le sirvió un vaso y se instaló junto a él, exponiendo su espalda al cuadrado de sol.

– ¿Qué es lo que sabe exactamente? -preguntó Lucio.

– Que la anterior propietaria se ahorcó en la habitación de arriba -dijo Adamsberg señalando el techo con el dedo-. Por eso nadie quería esta casa. A mí, en cambio, me da igual.

– ¿Porque tiene vistos a muchos ahorcados?

– Alguno. Pero a mí los muertos nunca me han dado problemas. Me los dan sus asesinos.

– Pero, hombre, no estamos hablando de muertos de verdad, hablamos de los otros, de los que no se van. Ella nunca se fue.

– ¿La ahorcada?

– La ahorcada se fue -explicó Lucio echándose un lingotazo, como para celebrar el acontecimiento-. ¿Sabe por qué se mató?

– No.

– La casa la volvió loca. Todas las mujeres que viven aquí acaban minadas por la Sombra. Y se mueren de eso.

– ¿La Sombra?

– La aparecida del convento. Por eso el callejón se llama calle de las Corujas.

– No entiendo -dijo Adamsberg sirviendo el café.

– Había aquí un antiguo monasterio de mujeres, en el siglo de antes de antes. Eran unas monjas de las que no podían hablar.

– Serían cartujas.

– Eso es. Y se decía la calle de las Cartujas. Pero luego acabó siendo de las Corujas.



6 из 318