Los dos hombres asintieron juntos, Lucio Velasco con gravedad, Adamsberg con cierto placer. El comisario no quería herir al viejo. Y, en el fondo, esa buena historia de fantasmas les convenía a ambos, y la hacían durar tanto tiempo como el azúcar al fondo del café. Los horrores de Santa Clarisa intensificaban la existencia de Lucio y distraían momentáneamente la de Adamsberg de los asesinatos triviales que tenía entre manos. Ese espectro femenino era mucho más poético que los dos tipos cosidos a puñaladas la semana pasada en Porte de la Chapelle. Estuvo en un tris de contar su propia historia a Lucio, ya que el viejo español parecía tener una opinión segura acerca de todas las cosas. Le gustaba ese sabio guasón de una sola mano, salvo en lo referente a la radio que zumbaba constantemente en su bolsillo. Obedeciendo a un gesto de Lucio, Adamsberg le llenó el vaso.

– Si todos los asesinados andan flotando por ahí, ¿cuántos fantasmas habrá en mi casa? ¿Santa Clarisa y sus siete víctimas? ¿Más las dos mujeres que conoció su padre, más Madelaine? ¿Once? ¿O más?

– Sólo está Clarisa -afirmó Lucio-. Sus víctimas eran demasiado viejas, nunca volvieron. A menos que estén en sus propias casas, que también es posible.

– Sí.

– Lo de las otras tres es distinto. No fueron asesinadas, sino poseídas. En cambio, Santa Clarisa no había acabado de vivir cuando el curtidor la aplastó con sus puños. ¿Entiende ahora por qué nunca han derribado la casa? Porque Clarisa habría ido a instalarse a otro sitio. En mi casa, por ejemplo. Y todo el mundo, en el barrio, prefiere saber dónde tiene su guarida.

– Aquí.

Lucio asintió guiñando un ojo.

– Y mientras nadie ponga los pies aquí, no pasa nada.



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