– ¿Sin que tuviera nada que ver con las lechuzas? -preguntó Adamsberg, decepcionado.

– No, son las monjas. Pero «cartujas» cuesta más de pronunciar. Car-tu-jas -añadió Lucio aplicándose.

– Cartujas -repitió lentamente Adamsberg.

– ¿Lo ve? Es difícil. Todo esto para decirle que, en aquellos tiempos, una de esas cartujas mancilló esta casa. Con el diablo, al parecer. Pero bueno, de eso no hay pruebas.

– ¿De qué tiene usted pruebas, señor Velasco? -preguntó Adamsberg sonriendo.

– Puede llamarme Lucio. Pruebas haylas. Hubo un proceso en aquel entonces, en 1771, y el convento fue abandonado, y la casa purificada. La cartuja se hacía llamar Santa Clarisa. A cambio de una ceremonia y de un dinero, prometía a las mujeres que irían al paraíso. Lo que no sabían las viejas era que el viaje era inmediato. Cuando llegaban con la bolsa llena, las degollaba. Así mató a siete. Siete, hombre.Pero una noche tuvo que vérselas con un hueso duro de roer.

Lucio se echó a reír con su risa de crío, y se rehízo.

– No hay que bromear con los demonios -dijo-. Vaya, me pica el brazo, es mi castigo.

Adamsberg lo miró agitar los dedos al aire, esperando tranquilamente la continuación.

– ¿Le alivia rascarse?

– De momento, luego vuelve a picarme. La noche del 3 de enero de 1771, una vieja fue a ver a Clarisa para comprar el paraíso. Pero su hijo, desconfiado y agarrado, la acompañaba. Era curtidor. Mató a la santa. Así -mostró Lucio asestando un puñetazo a la mesa- La aplastó con sus manos de coloso. ¿Ha seguido la historia?

– Sí.

– Si no, puedo volver a contársela.

– No, Lucio, continúe.

– Sólo que esa mala bestia de Clarisa nunca llegó a irse del todo. Porque tenía veintiséis años, ¿entiende? Así que todas las mujeres que vivieron aquí a partir de entonces salieron con los pies por delante y de muerte violenta. Antes de Madelaine (la ahorcada), hubo una señora Jeunet, en los años sesenta. Cayó sin motivo de la ventana de arriba. Y antes de la Jeunet, una tal Marie-Louise a quien encontraron con la cabeza metida en el horno de carbón, durante la guerra. Mi padre las conoció a las dos. Sólo tuvieron problemas.



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