Con hábiles manos impersonales, Sister desnudó a Dalgliesh a fin de proceder a un nuevo reconocimiento. El estetoscopio, un frío disco, se movió por su pecho y su espalda. Este último reconocimiento constituía una formalidad, pero el médico fue, como siempre, minucioso; no hacía cosa alguna a la ligera. Aun cuando en esta ocasión su diagnóstico original había sido equivocado, tenía su amor propio demasiado afianzado para sentir necesidad de dar algo más que una excusa simbólica. Se enderezó y dijo:

– Disponemos ya del último informe de patología y creo que podemos tener la seguridad de haber acertado. La citología era siempre confusa y la neumonía complicó el diagnóstico, pero no es leucemia aguda, no es ningún tipo de leucemia. Se está usted recuperando, afortunadamente, de una mononucleosis atípica. Le felicito, comandante. Nos tenía preocupados.

– Más bien los tenía interesados; ustedes me tenían preocupado a mí. ¿Cuándo puedo salir de aquí?

El gran hombre se echó a reír y luego dedicó una sonrisa a su séquito, invitándolos a compartir su indulgencia ante un nuevo ejemplo de la ingratitud de la convalecencia. Dalgliesh se apresuró a añadir:

– Supongo que les hará falta mi cama.

– Siempre nos hacen falta más camas de las que tenemos; sin embargo, no hay prisa. Todavía le queda un largo camino que recorrer. Pero ya veremos, ya veremos.

Cuando se quedó solo permaneció boca arriba y dejó que sus ojos vagaran por los sesenta centímetros cúbicos de espacio anestesiado, como si fuera la primera vez que veía la habitación: el lavabo con sus grifos accionables con el codo; la pulcra y funcional mesita de noche con su jarra de agua; las dos sillas tapizadas de plástico para las visitas; los auriculares que se enroscaban sobre su cabeza; las cortinas de la ventana con su inofensivo estampado de flores, la mínima muestra posible de gusto.



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