Eran los últimos objetos que había esperado ver en vida. Le parecía un lugar pobre e impersonal para morir. Igual que una habitación de hotel, estaba pensada para ocupantes de paso. Éstos, ya se marcharan por su propio pie o en una camilla de la funeraria envueltos en una sábana, nada dejaban tras de sí, ni siquiera el recuerdo de su temor, su sufrimiento y su esperanza.

La sentencia de muerte le había sido comunicada, como sospechaba que se hacía habitualmente, mediante miradas graves, cierta falsa cordialidad, consultas en voz baja, pruebas clínicas innecesarias y, hasta que él insistió, una férrea resistencia a pronunciar un diagnóstico o pronóstico. La sentencia de vida, dictada con menos sofistería una vez hubieron pasado los peores días de la enfermedad, sin duda le había producido un disgusto mayor. Le pareció que haberlo reconciliado tan a fondo con la muerte para luego cambiar de opinión demostraba una extraordinaria desconsideración, si no negligencia, por parte de sus médicos. Ahora se avergonzaba al recordar qué poco había lamentado tener que abandonar sus placeres y ocupaciones, que a la luz de la inminente pérdida adquirirían su verdadera entidad, en el mejor de los casos un mero solaz, en el peor un derroche de tiempo y energía. Ahora tenía que reanudarlos y volver a creer que eran importantes, al menos para él. Dudó de que alguna vez volviera a pensar que tenían importancia para otros. Seguro que, cuando recuperara las fuerzas, todo aquello se resolvería por sí solo. La vida física se asentaría de nuevo con el tiempo. Dado que no tenía alternativa, acabaría por reconciliarse con la vida, achacar este perverso acceso de resentimiento y abulia a la debilidad y creer que había tenido suerte de salvarse.



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