Bueno, aunque nada de aquello pudiera cambiarse, su trabajo sí. Pero antes tenía que cumplir un compromiso personal del cual había creído con alivio que la muerte lo iba a excusar. Sin embargo, ahora ya nada lo excusaría. Apoyándose en el codo para incorporarse, cogió la carta del padre Baddeley del cajón de la mesita y la leyó atentamente por vez primera. El anciano debía de rondar los ochenta; ya no era joven cuando, hacía treinta años, llegó a la aldea de Norfolk en calidad de ayudante de padre de Dalgliesh, tímido, incapaz, enloquecedoramente ineficaz, aturdido por todo menos por lo fundamental, pero siempre fiel a sus firmes creencias. Era sólo la tercera carta que Dalgliesh recibía de él. Estaba fechada el 11 de septiembre y dirigida a:

Mi querido Adam:

Sé que debes de tener mucho trabajo, pero te agradecería grandemente que vinieras a verme, pues querría pedirte consejo profesional sobre un asunto. En realidad, no es urgente, salvo que me parece que el corazón me está fallando antes que lo demás, de modo que no debo confiarme demasiado. Yo estoy aquí todos los días, pero seguramente a ti te sería más cómodo venir un fin de semana. Debo decirte, para que sepas qué esperar, que soy capellán de Toynton Grange, una residencia privada para jóvenes imposibilitados, y que vivo en Villa Esperanza, una casita situada dentro de la propiedad, gracias a la amabilidad del director, Eilfred Anstey. Por lo general, almuerzo y ceno en la residencia, pero estoy sería poco apropiado para ti y, naturalmente, reduciría el tiempo que pasáramos juntos, de modo que durante la próxima visita que haga a Wareham aprovecharé la oportunidad para hacerme con unas provisiones. Dispongo de un cuartito en el que puedo instalarme para dejarte sitio.



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