Y no sólo su trabajo le parecía ahora trivial e ingrato: en tanto permanecía despierto, como debían de haber permanecido tantos pacientes antes que él en aquel cuarto sombrío e impersonal, observando cómo barrían el techo los faros de los coches que pasaban, escuchando los ruidos apagados y sigilosos de la vida nocturna del hospital, hizo el descorazonador inventario de su vida. La aflicción por la muerte de su esposa… qué bien le había venido que la tragedia personal lo excusara de otros compromisos emocionales. Sus aventuras amorosas, como la que en aquel momento ocupaba intermitentemente algo de su tiempo y algo más de su energía, habían sido distantes, civilizadas, agradables y relajadas. Estaba claro que su tiempo nunca era totalmente suyo, pero su corazón desde luego sí lo era. Escogía mujeres liberadas. Tenían trabajos interesantes y pisos agradables. Estaban dispuestas a contentarse con lo que les daba y liberadas de las desordenadas, opresivas y atormentadas emociones que obstaculizaban otras vidas femeninas. Se preguntaba qué tenían que ver aquellos encuentros cuidadosamente espaciados, para los cuales ambos participantes se acicalaban como una pareja de gatos zalameros, con el amor, con dormitorios desordenados, con platos por fregar, con pañales, con la vida cálida, cerrada y claustrofóbica del matrimonio y el compromiso. Su congoja, su trabajo, su poesía, todo había sido utilizado para justificar la autosuficiencia. Sus mujeres habían estado más dispuestas a aceptar las exigencias de su poesía que su difunta esposa. Tenían poca consideración hacia el sentimiento, pero un gran respeto hacia el arte. Y lo peor de todo, o quizá lo mejor, era que ahora no podía cambiar aunque quisiera y que nada de esto importaba. Carecía totalmente de importancia. Durante los últimos quince años no había hecho daño deliberadamente a ser humano alguno. Entonces se le ocurrió que nada podía decirse más condenatorio acerca de alguien.



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