
Pronto obtuvo el privilegio que tan desgarradoramente impetraba. Y, de súbito, tuve conciencia de que yo conocía, o había conocido tiempo y tiempo atrás (más allá del firmamento o río sin orillas hacia donde caía, como ave alcanzada, un nombre de niño) aquella misma vendimia, y aquellas mismas voces. Incluso el fuego que aún no habían prendido; y aún más: innumerables vendimias pasadas o aún por suceder yacían en lo más hondo de mi mente, teñidas de un color y un aroma que languidecían o se exaltaban en llamas sobre la sangre o tal vez sobre algún claro y perfumado vino.
Cuando al fin obtuvo su permiso, un júbilo poco común sacudió los ojos del herrero. Pronunció entonces muy despacio (ignoro con qué motivo) los nombres de sus tres cabras más queridas, tomó la antorcha, prendió la estopa y la acercó a la leña. Luego, agitado por convulsiones y jerigonzas propias de un hombre repleto de vino o de dolor, inició una suerte de cabriolas y de gritos en torno a la pira seguido por otros muchos hombres, mujeres e incluso creo recordar que animales.
Contemplando estas cosas supe que en mí yacía el suplicio desde muy remotas memorias, que seguiría conociéndolo y reconociéndolo aún muy largamente, a través de muchos hombres y de muchos tiempos.
Un fuerte olor a tierra y uvas se mezcló al doblar de la campana que en la capilla de mi padre zarandeaba el fraile. Y no atiné a descifrar si la campana y el aroma y el sabor que notaba en mi lengua pedían piedad o venganza. Ascendió a todo mi ser un olor a sarmientos quemados, a cielo mojado por la lluvia, a vino. Se introdujo por todo mi cuerpo y mi ánimo. Y ése será para mí, por siempre y siempre, el olor y el sabor del día en que nací.
