Tal como hicieron otras mujeres con sus hijos, mi madre me abofeteó abundantemente. Según le oí gritar, de este modo no olvidaría el castigo que merecen quienes se apartan del bien y caen en los abismos de la impiedad, la herejía, los hechizos o cualquier otra iniquidad por el estilo. Quise hablarle, entonces: decirle que mal podía olvidar lo que de muy antiguo, desde infinitas vendimias anteriores a la que rodeó mi nacimiento, tan bien conocía. Pero un niño de seis años mal puede expresar estas cosas. Por contra, me convertí en un par de ojos inmensos, tan intolerablemente abiertos que acaso hubieran podido abarcar el más lejano confín del mundo.

Todos mis sentidos se fundieron en uno solo: ver. Y vi tan claramente como si apenas la zancada de un galgo nos separara uno de otro el cuerpo de la mujer más vieja; tal que uno de aquellos odres desechados y vacíos, que se apilaban al fondo de las bodegas y servían a los muchachos para fabricarse caretas el Día de los Muertos. Un odre era, en verdad. Mordido por los perros hambrientos, perros sin amo que buscan por doquier una sustancia con que nutrir sus viejos huesos; un cuero astroso, vejado por las ratas, con grandes manchas de humedad verdinegra. Degollados pingajos, desechos inútiles, a menudo vi en mis correrías infantiles odres semejantes, destinados a espantar en forma de caretas el fantasma de la muerte o del olvido.

Aunque el aire se mostraba todavía cálido, pareció helarse sobre mi frente. Entonces vi el viento. Diferente a cuantos vientos conocía (y muchos soplan en nuestras planicies). No movía la hierba, ni las hojas, ni el cabello o ropas de la gente.

Como a los odres, también al cuerpo de la anciana le faltaba el rostro. En su lugar, un jirón de cuero parecido a las pieles de ardilla oreándose en el cobertizo se mostraba a la furia general. Y vi al odre rugoso en todos sus arañazos y miserias: dos ubres llegábanle hasta el vientre, y rozaban en sus colores de otoño, que iban del siena al malva, el muy plegado ombligo. Así, distinguí el mísero contraste que ofrecía la ancianidad de aquel ser con el insólito nido de vello rojo (tal que el mismo fuego que se aprestaba a devorarla) bajo su vientre; resaltaba allí de modo tan singular, que apenas si pudo extrañarme la avidez de las llamas que prestamente lo prendieron. Fue lo primero que ardió en ella.



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