
Comparado con el Barón Mohl, o con otro acaudalado señor, mi padre resultaba un hombre pobre y tosco. Pero si se acercaba esta medida a las chozas de los campesinos que le rendían tributo, mi padre era, en verdad, un hombre rico. E incluso fastuoso en sus costumbres.
Todas las noches se comía una oca de regular tamaño, aderezada con nabos y otras fruslerías. Solía repartir esta oca entre mis hermanos, de la siguiente manera: los muslos para los dos mayores, los alones para el más pequeño. Este reparto suscitaba vivas discusiones en los tres muchachos. Al parecer opinaban de muy distinta manera sobre la equidad requerida en estos casos y por tal motivo sus divergencias subían rápidamente de tono y llegaban a límites peligrosos. Mi padre gozaba mucho con estas disputas y querellas; y sólo cuando el acaloramiento de sus vástagos sacaba a relucir el filo de las dagas, ponía fin a tales litigios, arrojándolos de su mesa a bastonazos y puntapiés. Tan peregrinos regocijos constituían, ya, su única distracción: pues en los últimos años su vida se tornó monótona y falta de auténtico interés. Sus hijos eran aún demasiado jóvenes para enviarlos al castillo de Mohl, donde, según la tradición familiar, serían instruidos y ejercitados como futuros caballeros. Pero tampoco alcanzaban la edad requerida para, en tanto llegara ese día, confiarlos a algún señor vecino que se ocupara de su primer aprendizaje. De otra parte, la avanzada edad de mi padre y el entumecimiento progresivo de sus huesos, al tiempo que su obesidad, impedíanle tomar parte activa en las escaramuzas vecinales: sólo de lejos, vacilante sobre su montura y propagando voces sin tino, llegaba a presenciar algún que otro lance defensivo, mal despachado por su ignorante leva de labriegos armados. Tan deprimente espectáculo y la carencia de un hombre joven y experto en la familia, le instó a contratar -o al menos cobijar en su casa- viejos ex-mercenarios de piel más remendada que el calzón de un siervo, tristes y destituidos guerreros que erraban por las orillas del Gran Río, a la espera de alguien que fiara en su experiencia (ya que no en su gallardía y eficacia).
