
No obstante, otrora tuvo fama de valiente, y aun de temerario. A menudo oí añorar a mi madre un tiempo en que su esposo solía aventurarse más allá de las dunas, a la captura de los potros que, en las reyertas fronterizas, perdieran los jinetes esteparios. Ése era -al parecer- el secreto de que nuestra caballeriza luciera más nutrida y de mayor calidad que la de señores mucho más poderosos. En el transcurso de estos comentarios, oí a mi madre -y a sirvientas incluso- manifestar la inquietud que les producía descubrir en mí una fiereza semejante a aquélla (ya tan atropellada) que distinguió al autor de mis días. Aún muy niño -tanto que apenas si podía corretear sobre las piedras-, y oyendo semejantes augurios relacionados con mi persona, fui a contemplarme en el arroyo, por ver si descubría en mi devuelta imagen los signos de tan violenta naturaleza. El agua solía reflejar entonces un rostro achatado de raposo-cría: su misma mirada reluciente, e idéntico estupor de sus ojos en mis ojos. Si el sol me daba en la nuca, un cerco de hirsutos mechones casi blancos se alborotaba en torno a mi cabeza, tal que otro sol desapacible y mal distribuido. Luego de estas contemplaciones, buscaba a mi padre, y lo veía trotar sobre el caballo, sin el menor vestigio de apostura, ni aun decencia. Entonces, la sospecha de llegar a ser algún día como él me estremecía.
