
Estas severidades y sufrimientos acaso justifiquen el gesto avinagrado de mi madre, la sequedad de sus labios en continuo frunce, y la viperina fluidez de su lengua. Además, y por lo común, mi padre vivía en alborozada -y al fin de sus días aletargada- promiscuidad con algunas jóvenes villanas, que tomaba para sus recreos. De manera que obligaba a mi madre -muy puntillosa en estas cosas- a abandonar de continuo, tanto su mesa, como su lecho. Y con tal de no soportar tales compañías, acabó componiendo como mejor supo una pequeña estancia y se recluyó en ella, con sus ruecas y las mujeres que solían acompañarla.
Pero todas estas cosas yacen muy mezcladas en la memoria de mi primera edad. Y no podría aseverar que ocurrieron tal como las cuento, sino, más bien, como me las contaron.
Tan grande era la distancia, en años y en naturaleza, que me apartó siempre de mi familia, y gentes todas.
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Era yo muy pequeño cuando mis hermanos partieron al castillo de Mohl y apenas los recuerdo como tres oscuros jinetes, que solían galopar junto al Gran Río. Si tropezaban conmigo, me propinaban puntapiés, insultos y escupitajos, con lo que tuve pronto idea aproximada de sus sentimientos. Luego supe que se adiestraban para nobles guerreros y, si así lo merecían, llegar, en su día, a ser investidos caballeros por el propio Barón Mohl. "A su debida hora -solía decirme mi madre-, tal destino y suerte se repetirá en tu persona".
