Por tal causa -según contaba- en cierta ocasión tornáronlo por brujo; y disponíanse a quemarlo vivo, cuando en el último instante bajó del cielo el arcángel San Gabriel y lo salvó de las llamas ante el pasmo y veneración naturales en quienes contemplaron tales maravillas. Alguna vez, presa de extraño arrebato, montaba uno de los caballos esteparios de mi padre; y galopaba exasperado, lanza en ristre, hacia las dunas. Parecían entonces formar ambos un solo cuerpo: el potro medio loco, que perdiera su jinete y su batalla, y el decrépito ex-guerrero al que sólo quedaba la furia de vivir. Aquella galopada fantasmal y frenética persiste y persistirá por siempre en mi memoria.

También poseía mi padre un rebaño de cabras muy numeroso, y percibía tributos sobre la leña que los campesinos cortaban en los bosques, al noroeste de las praderas. Por idea suya, se instaló en el recinto una quesería; y ofreció albergue y manutención a un zapatero, con fines de calzar de por vida su destrozona hueste. Pero el zapatero murió -según oí, de un hartazgo de remendar punteras- antes de que yo cumpliera ocho años. Y, desde entonces, nadie se ocupó de estas minucias. Aparte de las botas de piel de cabra, de los ásperos tejidos que hilaban mi madre y las mujeres que la asistían, de los peroles y enseres que fabricaban los siervos, cualquier género o prenda -tanto de vestir como para aderezar la casa- resultaba tan raro como exorbitante.

A ello contribuía en gran manera la escasa simpatía que experimentaba mi padre hacia los mercaderes y sus caravanas. En verdad que éstos evitaban cruzar por nuestras tierras: pues cundía la sospecha de que mi padre protegía grupos de salteadores para desvalijarlos -y como es presumible, repartir con ellos el botín-. O bien, ordenaba a sus gentes que volcaran sus carros, ya que todo aquello que se derramara en sus propiedades pasaba a ser de su pertenencia.



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