
– Mi nombre es Abigail Lockwood. Estoy esperando a mi marido, pero él no esta aquí. Quería saber si no ha dejado algún recado para mí por favor.
– Me temo que no, señora Lockwood.
– ¡Oh, bueno! -contestó ella, tratando de disimular la molestia que le producía todo aquello, aún a sabiendas de que aquella sensación de que pasaba algo malo fuera ridícula-. Supongo que ha habido un mal entendido. Será mejor que tome un taxi.
La chica sonrió automáticamente. Habría escuchado aquellas palabras miles de veces.
Al llegar a la lujosa urbanización donde vivían ella y Grey, aquel sentimiento de vuelta a casa se le había marchitado totalmente, y simplemente se sentía cansada. A pesar de ello, tuvo una sonrisa de cortesía para el conserje, quien le alabó su bronceado y le preguntó si había tenido un buen viaje.
– Muy bueno, gracias, Peter -le contestó ella-. Pero me alegro de estar en casa nuevamente.
Aunque aquellas dos semanas no habían sido un plato de gusto. Las había pasado paseando por las calles de Karachi con una madre desquiciada en busca de su hija, a la que un litigio por la custodia había arrancado de sus manos.
– Es lo mismo que dijo el señor Lockwood hace cinco minutos, cuando regresó.
– ¿Está en casa el señor Lockwood?
«¿Tan temprano por la tarde? Debe de haber pasado algo», pensó ella.
– Sí, señora Lockwood. Y seguramente se alegrará de que esté nuevamente en casa, sana y salva. Permítame el bolso. Yo lo llevaré…
Pero Abbie ya no lo escuchó. Estaba demasiado impaciente para esperar el ascensor de hierro forjado, y subió por la escalera los dos pisos con su bolso colgado a la espalda, dando pasos largos, subiendo los peldaños de dos en dos, como si se hubiera olvidado de repente del cansancio en su necesidad de asegurarse de que Grey no estuviera enfermo o herido. Se sintió un poco tonta. Porque de ser así, Peter se lo habría dicho.
