
Seguramente lo que había pasado era que, al ver que no llegaba a tiempo al aeropuerto, habría ido a esperarla a casa para darle una sorpresa. Bueno, en ese caso la sorpresa se la daría ella, pensó Abbie sonriendo con malicia.
Abrió la puerta sigilosamente, dejó el bolso en el suelo de la entrada, y por un momento saboreó la dulce sensación de estar en casa, rodeada de cosas que habían acompañado su vida, en lugar de estar en una impersonal habitación de hotel.
Escuchó los ruidos del pequeño estudio que compartían. Se quitó los zapatos, y atravesó la entrada sin hacer ruido. Grey estaba sentado ante el escritorio escuchando los mensajes del contestador automático, con una pluma y un cuaderno de notas por si necesitaba anotar algo.
Ella se quedó un instante en el quicio de la puerta, disfrutando del placer de observarlo secretamente. No se cansaba nunca de mirar cómo su pelo grueso y oscuro formaba rizos alrededor de su vigoroso cuello, la forma perfecta de sus orejas, y la forma pronunciada de su mandíbula. Veía su amado rostro reflejado en el cristal de las estanterías de la biblioteca, la concentración que ponía en la tarea de escribir un número de teléfono. Ella se reflejaba detrás de él, pero como él estaba escribiendo, aún no la había descubierto.
Entonces, cuando Grey terminó de escuchar el mensaje de Abbie, en el que le decía la hora y el número de vuelo en el que llegaba, él juró en voz baja, miró el reloj de pulsera y extendió la mano hacia el teléfono. En ese momento finalmente la descubrió reflejada en el cristal.
– ¡Abbie! ¡Lo siento tanto! Ahora mismo acabo de oír tu mensaje.
– Te he escuchado -dijo ella, reprochándoselo en tono de broma-. Y como te he llamado con veinticuatro horas de antelación, quiero que me des los detalles de lo que has hecho en ese tiempo -bromeó ella. Esperó que él le contestara amablemente, diciéndole que era imposible una noche de lujuria sin ella y su ofrecimiento a demostrarle que no le mentía.
