
—El Ka Kan comprendió que debíamos aprender más sobre las islas. Quizá deberíamos establecer primero una base en algún lugar al norte de Hokkaido. Entonces, también oímos rumores de una tierra más al oeste. De vez en cuando el viento saca de su curso a los pescadores, y ven cosas; los comerciantes de Siberia hablan de un estrecho y un país más allá. El Ka Kan fletó cuatro naves con tripulaciones chinas y me dijo que cogiese a un centenar de guerreros mongoles y viese lo que podía descubrir.
Everard asintió, sin sorprenderse. Los chinos llevaban fletando juncos desde hacía cientos de años, algunos con capacidad hasta para mil pasajeros. Cierto, esas naves no eran tan buenas como serían en siglos posteriores bajo la influencia portuguesa, y sus dueños jamás se habían sentido demasiado atraídos por el océano, y menos aún por las frías aguas del norte. Pero aun así, había algunos navegantes chinos que podían haber pillado algún truco de coreanos o formosianos perdidos, si no de sus padres. Debían al menos de estar familiarizados con las Kuriles.
—Seguimos dos cadenas de islas, una después de la otra —dijo Toktai—. Eran desoladas, pero podíamos detenernos de vez en cuando, dejar salir a los caballos y aprender algo de los nativos. ¡Aunque Tengri sabe que es difícil hacer eso último, cuando tienes que interpretar hasta seis lenguas! Descubrimos que hay dos grandes tierras, Siberia y otra, que se acercan tanto al norte que un hombre podría ir de una a otra con un bote de piel y, en ocasiones, durante el invierno, caminando sobre el hielo. Finalmente llegamos a la nueva tierra. Una gran región; bosques, mucha caza y focas. Pero demasiado lluviosa. Las naves parecían querer continuar, así que seguimos más o menos la costa.
