
—Nuestro señor nos ordenó entregar estas muestras de afecto a los líderes de Catay.
Mientras retiraban el papel, Sandoval se inclinó y dijo en inglés:
—Examina sus expresiones, Manse. Hemos fallado un poco.
—¿Cómo?
—Ese celofán reluciente ha impresionado a Toktai. Pero mira a Li. Su civilización se dedicaba a la caligrafía cuando los antepasados de Bonwit Teller se pintaban la cara de azul. Su opinión sobre nuestro gusto acaba de hundirse.
Everard se encogió de hombros imperceptiblemente.
—Bien, tiene razón, ¿no?
Su coloquio no había escapado a la atención de los otros. Toktai les dedicó una mirada dura, pero volvió a su regalo, una linterna, que tuvo que ser probada y que todos admiraron. Al principio le tuvo un poco de miedo, incluso murmuró un encantamiento; pero luego recordó que a un mongol no se le permitía tener miedo de nada excepto del trueno, recuperó el control, y no tardó en estar encantado como un niño. La mejor apuesta para un estudioso confuciano como Li parecía, un libro, la colección La familia del hombre, cuya diversidad y extrañas técnicas pictográficas podrían impresionarlo. Fue efusivo en sus agradecimientos, pero Everard dudaba que estuviese anonadado. Un patrullero pronto aprendía que la sofisticación existía en cualquier nivel de desarrollo tecnológico.
Ellos a su vez tenían que hacer regalos: una hermosa espada china y un montón de pieles de nutría de la costa. Pasó bastante tiempo antes de que la conversación pudiese volver a los negocios. Luego Sandoval se las apañó para conseguir primero el relato de sus anfitriones.
—Ya que sabéis tanto —empezó diciendo Toktai—, también debéis saber que hace unos años fracasó nuestra invasión de Japón.
—La voluntad del cielo era otra —dijo Li, con amabilidad de cortesano.
—¡Manzanas de caballo! —dijo Toktai—. La estupidez de los hombres, queréis decir. Éramos muy pocos, muy ignorantes, y habíamos navegado demasiado por mares peligrosos. Y, ¿qué importa? Regresaremos algún día. Everard sabía que lamentablemente así sería, y que una tormenta hundiría la flota y ahogaría a quién sabe cuántos hombres jóvenes. Pero dejó que Toktai siguiese hablando:
