
—¿ Qué ? —Toktai se envaró. Una mano llena de tendones cogió la espada que, por amabilidad, no llevaba al cinto—. ¿De qué demonios se trata?
—De un infierno, de eso se trata, ciertamente, Noyon. Por agradable que esta región pueda parecer, está sometida a una maldición. Cuéntaselo, hermano.
Sandoval, que tenía mejor voz, tomó la palabra. Su relato había sido fabricado con la idea de explotar la superstición de los semicivilizados mongoles sin despertar demasiado escepticismo en los chinos. Realmente había dos grandes reinos al sur, les explicó. El suyo estaba muy lejos; el de sus rivales estaba al norte y al este, con una ciudadela en las planicies. Ambos estados poseían inmenso poder, llamárase magia o ingeniería inteligente. Los del imperio del norte, los malos, consideraban suyo todo aquel territorio y no tolerarían una expedición extranjera. Era seguro que sus exploradores no tardarían en encontrar a los mongoles y que los aniquilarían con truenos. La benévola tierra al sur de los buenos no podía ofrecerles protección, sólo enviar a unos emisarios para que advirtiesen del peligro a los mongoles.
—¿Por qué los nativos no han hablado de esos señores? —preguntó Li con astucia.
—¿Han oído hablar del Ka Kan todos los pequeños pobladores de las selvas de Burma? —respondió Sandoval.
—Soy un extranjero ignorante —dijo Li—. Perdonadme si no os entiendo cuando habláis de armas irresistibles.
Que es la forma más amable en la que jamás me han llamado mentiroso, pensó Everard. En voz alta dijo:
—Puedo ofreceros una pequeña demostración, si el Noyon dispone de algún animal que podamos matar.
Toktai lo pensó. Su rostro podría haber estado grabado en piedra, pero estaba cubierto de sudor. Entrechocó las manos y ladró a los guardias. Después siguieron hablando de cosas intrascendentes mientras el silencio se hacía más denso.
