
Un guerrero apareció al cabo de una hora casi interminable. Dijo que un par de jinetes habían capturado un ciervo. ¿Serviría para los propósitos del Noyon? Sí. Toktai fue el primero en salir, abriéndose paso por entre un montón de hombres reunidos. Everard lo siguió, deseando que aquello no fuese necesario. Montó el rifle.
—¿Te encargas tú? —le preguntó a Sandoval.
—Dios, no.
El ciervo, una gama, había sido llevado a la fuerza al campamento. Temblaba cerca del río, con las cuerdas alrededor del cuello. El sol, que apenas tocaba los picos occidentales, le daba el color del bronce. Había una especie de bondad ciega en su mirada a Everard. Él indicó a los hombres que se apartasen y apuntó. El primer tiro lo mató, pero siguió disparando hasta destrozar el cuerpo.
Cuando bajó el arma, el aire parecía rígido. Miró los gruesos cuerpos de piernas torcidas, los rostros redondos y bajo control; los olía con intensidad sobrenatural: el olor limpio de sudor, caballo y humo. Se sentía como el inhumano que ellos debían ver.
—Ésta es la menor de las armas que se usan aquí—dijo—. Un alma tan arrancada del cuerpo no encontraría el camino a casa.
Se dio la vuelta. Sandoval lo siguió. Sus caballos estaban fuera, con las cosas apiladas a un lado. Ensillaron, sin hablar, montaron y se internaron en el bosque.
4
El fuego ardía con los golpes de viento. En aquel momento apenas los sacaba de las sombras… frente, nariz y mejillas entrevistas, un brillo en los ojos. El fuego volvió a hundirse en el rojo y azul sobre los tizones blancos y las oscuridad envolvió a los hombres.
Everard no lo sentía. Cogió la pipa entre las manos, chupó de ella y tragó el humo, pero encontró poco alivio. Cuando habló, el vasto susurro de los árboles, en lo alto casi ahogó su voz, y tampoco eso lamentó.
