Gene Wolfe

La Urth del Sol Nuevo

¡Despertad!, pues al cuenco de la noche la Mañana ya lanzó la Piedra que ahuyenta las estrellas ¡y ved! el Cazador del Este ha atrapado la Torre del Sultán en un lazo de luz. FITZGERALD

Este libro está dedicado a Elliot y Barbara, que saben por qué

I — El palo mayor

Habiendo arrojado un manuscrito a los mares del tiempo, empiezo una vez más. Cierto que es absurdo; pero no soy yo —no seré— tan absurdo como para suponer que éste vaya a encontrar un lector, ni siquiera en mí. Dejadme entonces describir, para nadie y para nada, quién soy y qué le hice a Urth.

Mi verdadero nombre es Severian. Mis amigos, que nunca fueron muchos, me llamaban Severian el Manso. Mis soldados, que una vez conduje en gran número, Severian el Grande. Mis enemigos, que se multiplicaban como moscas, y como moscas nacían de los cuerpos esparcidos por mis campos de batalla, Severian el Torturador. Fui el último Autarca de la Comunidad, y como tal único gobernante legítimo de este mundo cuando se llamaba Urth.

¡Pero qué enfermedad esto de escribir! Hace unos años (si el tiempo conserva algún significado), escribía en mi camarote de la nave de Tzadkiel, recreando de memoria el libro que había compuesto en un triforio de la Casa Absoluta. Sentado, hacía correr la pluma como cualquier escriba, copiando un texto que no me costaba nada traer a la mente, y sentía que interpretaba el significativo acto final de mi vida; o mejor dicho, el último sinsentido.

Así que escribía y dormía, y me levantaba para volver a escribir, la tinta volando por el papel, hasta revivir al fin el momento en que entré en la torre de la pobre Valeria y lo oí y todo lo demás me habló, y sentí que la orgullosa carga de la virilidad me caía en los hombros y supe que ya no era un muchacho. De esto hace diez años, pensé. Habían pasado diez años cuando lo escribí en la Casa Absoluta. Ahora es un siglo o más. ¿Quién sabe?



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