
Me había llevado a bordo un angosto cofre de plomo con una tapa muy ajustada. Como había previsto, el manuscrito lo llenó. Bajé la tapa y le eché llave, puse mi pistola en intensidad mínima y con el haz fundí tapa y cofre en una sola masa.
Para salir a cubierta uno recorre extrañas pasarelas, en las que resonaban a menudo los ecos de una voz que, si bien no se oye claramente, siempre puede entenderse. Cuando llega a una compuerta tiene que ponerse una capa de aire, una invisible atmósfera propia sostenida por lo que apenas parece un collar brillante de cilindros unidos. Para la cabeza hay una capucha de aire, guantes de aire para las manos (que sin embargo se adelgazan cuando uno agarra algo y dejan que se cuele el frío), botas de aire y así.
Las naves que viajan entre soles no son como las naves de Urth. En vez de cubierta y casco hay una cubierta tras otra, de modo que recorriendo la borda de una se termina caminando por la siguiente. Son cubiertas de madera, que resisten el mortífero frío mucho más que el metal; pero debajo hay metal y piedra.
De cada cubierta brotan palos cien veces más altos que la Torre de la Bandera de la Ciudadela. Aunque cada pieza parece recta, cuando uno las mira de arriba abajo, que es como mirar un camino tedioso que se pierde en el horizonte, advierte que se curvan levemente, dobladas por el viento de los soles.
Hay innumerables palos; cada uno lleva mil vergas y cada verga despliega una vela de fulígeno y plata. Estos velámenes llenan el cielo, de modo que si un hombre desea ver desde cubierta el resplandor limón, blanco, violeta y rosa de los soles distantes tiene que esforzarse para distinguirlo entre las velas, como debería esforzarse para distinguirlo entre las nubes de una noche de otoño.
