
Golpeé con un impacto que me cortó el aliento. Durante cien o más latidos estuve tendido, boqueando como cuando volví por fin al interior de la nave. Poco a poco me di cuenta de que, aunque en verdad había sufrido una caída, no estaba peor que si me hubiera caído de mi cama a la alfombra en un sueño maligno de Tifón. Me senté y no me descubrí ningún hueso roto.
Fardos de papel me habían hecho de alfombra, y pensé que Sidero tenía que saber que estaban allí y yo no iba a lastimarme. Entonces vi junto a mí un mecanismo fantásticamente ladeado, erizado de manijas y palancas.
Me puse en pie. Lejos, arriba, la plataforma estaba vacía y habían cerrado la puerta que llevaba al pasillo. Busqué la escalerilla, de la que alcancé a ver unos peldaños detrás del mecanismo. Lo bordeé, obstruido por el desorden de los fardos (como los habían atado con sisal y algunos hilos se habían roto, resbalé sobre documentos como si me deslizara sobre nieve) pero muy ayudado por la levedad de mi cuerpo.
Atento como estaba a dónde apoyar los pies, no vi lo que tenía delante hasta que de hecho me encontré mirando un rostro ciego.
III — La cabina
Llevé la mano a la pistola; casi sin darme cuenta me encontré esgrimiéndola. La hirsuta criatura no parecía diferente de la encorvada silueta de la salamandra que por poco me había quemado vivo en Thrax. Yo esperaba que se alzara en dos patas y revelara un corazón ardiente.
No lo hizo, y tardé demasiado en disparar. Por un momento aguardamos inmóviles; luego la criatura huyó, a cuatro patas y saltando entre las cajas y los barriles como un cachorro torpe persiguiendo la viva pelota que era ella misma.
