Estaba oscuro como una fosa, pero al instante tuve conciencia de que ya no pisaba suelo sólido sino una especie de parrilla abierta y temblequeante, y de que había entrado en un lugar mucho mayor que una habitación común.

Gunnie atisbó la oscuridad por encima de mi hombro y lo rozó con el pelo, dándome a oler una mezcla de perfume y sudor.

—Enciende las luces, Sidero. Aquí no se ve nada.

Las luces brillaban con un matiz más amarillo que el del corredor que habíamos dejado, una refulgencia cetrina que parecía absorber el color de todas las cosas. Apretados los cuatro en una masa compacta, estábamos sobre un suelo de barras negras no más gruesas que el meñique de un hombre. No había baranda, y el espacio que teníamos delante y abajo (pues el techo que estaba apenas encima sostenía sin duda la cubierta) podría haber contenido la Torre Matachina.

Lo que contenía ahora era un inmenso revoltijo de carga: cajas, fardos, barriles y cestas de todo tipo; maquinaria y partes de máquinas, sacos, muchos de una película reluciente y traslúcida; pilas de madera.

—¡Allí! —exclamó Sidero. Señaló una escalerilla como de hilo de araña que bajaba por la pared.

—Tú primero —dije.

Se lanzó contra mí —había menos de un palmo de distancia— y por lo tanto no tuve tiempo de sacar la pistola. Me agarró con una fuerza que encontré asombrosa, obligándome a dar un paso atrás, y luego me empujó con violencia. Por un instante vacilé al borde de la plataforma, manoteando el aire; después caí.

Sin duda en Urth me habría partido el cuello. Pero la lentitud de la caída no alivió en absoluto mi terror. Vi el techo y la plataforma girando arriba. Aunque sabía que iba a caer de espaldas, con la columna y el cráneo soportando el golpe, no lograba darme vuelta. Busqué algún asidero y mi imaginación conjuró ferviente, febrilmente el volador estay del foque. Las cuatro caras que se inclinaban hacia mí —la visera del yelmo de Sidero, las mejillas de tiza de Idas, la sonrisa de Purn, los rasgos bellos y brutales de Gunnie— parecían máscaras de pesadilla. Y seguro que ningún infeliz arrojado de la Torre de la Campana tuvo nunca tanto tiempo para contemplar su propia destrucción.



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