Un momento después de que cayéramos de la carronada, descubrí otra propiedad de las cuerdas: si uno las estiraba, se contraían después hasta una longitud menor que la precedente y apretaban con más fuerza. Pugné por liberarme y me encontré más maniatado que nunca, circunstancia ésta que a Gunnie y Purn les resultó altamente divertida.

Sidero cruzó nuevas cuerdas sobre la criatura hirsuta y le dijo a Gunnie que me desatase, cosa que ella hizo usando la daga.

—Gracias —dije.

—Pasa siempre —dijo ella—. Una vez yo me quedé pegada así a una cesta. No hay que preocuparse.

Conducidos por Sidero, Purn e Idas ya se llevaban a la criatura. Me levanté.

—Me temo que he perdido la costumbre de que se rían de mí.

—¿Alguna vez la tuviste? No parece.

—Cuando era aprendiz. De los más jóvenes se reía todo el mundo, sobre todo los aprendices mayores.

Gunnie se encogió de hombros.

—Si lo piensas, la mitad de las cosas que hace la gente son siempre graciosas. Es como dormir con la boca abierta. Si eres comisario de intendencia nadie se ríe. Pero si no, hasta tu mejor amigo te mete una bola de pelusa. Esas no intentes quitártelas.

Las cuerdas negras se habían adherido al pelo de mi camisa de terciopelo y yo las había estado arrancando.

—Tendría que llevar un cuchillo —dije.

—¿O sea que no lo llevas? —Me miró compasivamente, los ojos grandes, oscuros y suaves como los de cualquier vaca.— Pero todo el mundo debe tener un cuchillo.

—Antes llevaba una espada —dije—. Después de un tiempo la dejé, salvo para las ceremonias. Cuando salía de mi camarote pensé que era más adecuada una pistola.



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