—Para la lucha. ¿Pero cuánto tiene que luchar un hombre con tu aspecto? —Dio un paso atrás para mirarme.— No creo que haya muchos que te den problemas.

Lo cierto es que, con aquellas botas de suela gruesa, ella era alta como yo. También parecía pesar lo mismo en todas las partes donde mujeres y hombres tienen peso: los huesos estaban revestidos de verdaderos músculos, y encima había una buena cantidad de grasa.

Riendo, admití que no me habría sobrado un cuchillo cuando Sidero me había tirado de la plataforma.

—Uy, no —dijo ella—. Con un cuchillo ni lo habrías rasguñado. —Sonrió irónicamente.— Eso dijo el rufián cuando entró el marinero. —Me reí, y ella enlazó su brazo con el mío.— El caso es que el cuchillo no se usa sobre todo para luchar. Se usa para trabajar, de un modo u otro. ¿Cómo vas a empalmar una cuerda sin un cuchillo, o abrir una caja de raciones? Avanza con los ojos abiertos. En estas bodegas nunca se sabe qué puede aparecer.

—Estamos yendo hacia otro lado —dije.

—Conozco el camino, y si fuéramos por donde vinimos no descubrirías nada. Es demasiado corto.

—¿Qué pasa si Sidero apaga las luces?

—No podría. Una vez que las enciendes siguen así hasta que no quede nadie que vigilar. Oh, veo algo. Mira allí.

Miré, seguro de pronto de que durante la cacería de la criatura hirsuta Gunnie se había fijado en un cuchillo y ahora fingía descubrirlo. Sólo se veía un mango de hueso.

—Adelante. A nadie le va a molestar que te lo lleves.

—No es eso lo que estaba pensando —le dije.

Era un cuchillo de caza, de punta estrecha y una pesada hoja serrada de unos dos palmos de largo. Perfecto, pensé, para el trabajo rudo.

—Recoge también la vaina. No lo vas a tener todo el día en la mano.

Era de simple cuero negro, pero incluía un bolsillo que alguna vez había guardado una herramienta pequeña, y me recordó el bolsillo para la amoladera en la vaina de piel humana de Términus Est. El cuchillo ya me estaba gustando, y cuando vi eso, me gustó mucho más.



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