—Hay tantos mundos… —me dijo. De golpe se agachó y dio un salto, y se elevó en el aire como un gran pájaro azul. Aunque yo había dado saltos así, me extrañó verlo en una mujer. El ascenso la llevó algo menos de un codo por encima de la plataforma, y no habría sido incorrecto decir que flotaba.


Yo había pensado que el alojamiento de la tripulación sería una sala angosta como el castillo de proa del Samru. En cambio había una conejera de grandes cabinas, y muchos niveles que se abrían a andenes alrededor de un pozo de ventilación común. Gunnie dijo que era hora de que ella regresara a su puesto y sugirió que me buscara un camarote vacío.

Estuve a punto de recordarle que ya tenía un camarote, del que había salido hacía apenas una guardia; pero algo me retuvo. Asentí y le pregunté cuál era la mejor ubicación, queriendo decir —y Gunnie lo entendió bien— en qué cabina estaría más cerca de ella. Me la indicó y nos separamos.

En Urth las cerraduras más antiguas se dejan encantar con palabras. Mi camarote tenía cerradura parlante, y aunque las escotillas que habíamos abierto Sidero y yo no habían necesitado que les hablásemos, las puertas color oliva de los compartimientos de la tripulación eran de ese tipo. Las primeras dos que abordé me informaron que los camarotes que protegían estaban ocupados. Eran sin duda mecanismos viejos; noté que empezaban a tener diferentes personalidades.

La tercera me invitó a entrar diciendo:

—¡Qué cabina más bonita!

Le pregunté cuánto hacía que la bonita cabina estaba deshabitada.

—No lo sé, amo. Muchos viajes.

—No me llames amo —le dije—. Todavía no he decidido tomar tu cabina.

No hubo respuesta. Es obvio que esas cerraduras tienen una inteligencia seriamente limitada; de lo contrario se podría sobornarlas y seguro que pronto enloquecerían. Al cabo de un momento se abrió la puerta. Entré.



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