
Comparada con el camarote que yo había dejado, no era una cabina bonita. Había dos literas angostas, un armario y un baúl; en un rincón, enseres sanitarios. Todo lo cubría tal capa de polvo que no me costó imaginármelo entrando en nubes grises por la rejilla de ventilación, aunque las nubes sólo pudiera verlas alguien capaz de comprimir el tiempo, de alguna manera, como lo comprimía la nave; alguien que viviera como los árboles, para los cuales cada año es un día; o como el Gyoll, corriendo por el valle de Nessus durante edades enteras del mundo.
Mientras pensaba esas cosas, cuya meditación me llevó más tiempo que hace un instante escribirlas, había encontrado un trapo rojo en el armario; después de humedecerlo en la pila, había empezado a quitar el polvo. Cuando advertí que ya había limpiado la tapa del baúl y el bastidor metálico de una litera, supe que quizá de un modo inconsciente había decidido quedarme. Localizaría mi camarote, por supuesto, y más que a menudo dormiría allí.
Pero también tendría esta cabina. Cuando me aburriera, me uniría a la tripulación para aprender algo más del manejo de la nave, lo que nunca aprendería como pasajero.
Además estaba Gunnie. Yo había tenido suficientes mujeres en los brazos como para no jactarme del número —uno descubre pronto que la unión mutila el amor cuando no lo acrecienta— y la pobre Valeria ocupaba muchas veces mi pensamiento; sin embargo tenía hambre del afecto de Gunnie. Como Autarca no me sobraban amigos: pocos aparte del padre Inire, y la única mujer era Valeria. Cierta calidad de la sonrisa de Gunnie me recordaba la infancia feliz con Thea (¡cómo aún la echaba de menos!) y el largo viaje hasta Thrax con Dorcas. Entonces yo había considerado ese viaje un mero exilio, y cada día me había apresurado a seguir adelante. Ahora sabía que en muchos sentidos había sido el verano de mi vida.
