Pensando que en la cubierta habría muchos marineros, como en nuestras naves de Urth, busqué alguno que me indicara la mejor manera de trepar. No había ninguno; para evitar que se les estropeen las capas de aire, todos los hombres permanecen abajo mientras no los necesiten en la arboladura. Por supuesto, no hubo respuesta.

A pocas cadenas de distancia había un palo, pero no bien lo vi supe que no podría trepar por él; era más grueso que cualquier árbol que haya agraciado nuestros bosques, y liso como metal. Eché a caminar, temeroso de mil cosas que no podían hacerme daño y del todo ignorante de los verdaderos peligros que corría.

Como las cubiertas son planas, los marineros pueden hacerse señas desde lejos; si fueran curvas, con superficies siempre equidistantes del centro de la nave, dos manos distanciadas quedarían mutuamente ocultas a la vista, como se ocultan los barcos unos a otros bajo los horizontes de Urth. Pero porque son planas parecen siempre inclinadas salvo si uno se para en el centro. Así, aunque casi no tenía peso, yo sentía que estaba subiendo una colina fantasma.

Y subí durante muchas respiraciones, quizá durante media guardia. El silencio parecía aplastarme; era una quietud más palpable que el barco. Oía el tenue golpeteo de mis pasos desparejos en las tablas y de vez en cuando una agitación o un murmullo bajo los pies. Aparte de esos ruidos débiles no había nada más. Desde que siendo niño recibí la instrucción del maestro Malrubius, he sabido que el espacio entre los soles no está en absoluto vacío; por allí se hacían muchos cientos y acaso muchos miles de viajes. Como aprendí más tarde, también hay otras cosas: la ondina que había encontrado dos veces me había dicho que en ocasiones nadaba en el vacío, y por allí volaba también el ser alado que yo había entrevisto en el libro del Padre Inire.



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