
Como me dijo el mayordomo, de vez en cuando un marinero subido a la arboladura pierde pie. Cuando en Urth pasa esto, por lo general el desdichado cae en la cubierta y muere. Aquí ese riesgo no existe. Aunque la nave es muy poderosa, y aunque estamos cerca del centro —quienes caminan por Urth no están tan cerca del centro de Urth— la atracción es escasa. El marinero negligente flota como un vilano entre las velas y los obenques, muy lastimado por el desprecio de sus colegas, cuyas voces sin embargo no puede oír. (Pues el vacío silencia toda voz salvo la del que habla, a menos que dos se acerquen tanto como para que las vestimentas de aire se vuelvan una sola atmósfera.) Y he oído decir que si no fuera así el bramido de los soles ensordecería el universo.
Cuando salí a cubierta yo sabía poco de todo esto. Me habían dicho que tendría que ponerme un collar, y que las compuertas estaban construidas de tal forma que para poder abrir la de fuera hay que cerrar la de dentro; pero casi nada más. Imagínense mi sorpresa, entonces, cuando di un paso afuera con el cofre de plomo bajo el brazo.
Por encima de mí se alzaban los palos negros y las velas plateadas, hilera tras hilera, tantas que parecían capaces de apartar las estrellas a un lado. El cordaje podría haber sido la tela de una araña grande como la nave, y la nave era más grande que muchas isletas que se jactan de una casona con un armígero dentro que se cree casi un monarca. La cubierta en sí era extensa como una llanura; sólo pisarla requirió todo mi coraje.
Mientras escribía en mi camarote, apenas me había dado cuenta de que mi peso se había reducido en siete octavos. Ahora tenía la impresión de ser un fantasma, o mejor un hombre de papel, el marido justo para la mujer de papel que había coloreado y exhibido cuando era chico. El viento de los soles es menos fuerte que el céfiro más leve de Urth; pero yo alcanzaba a sentirlo y temía que me arrastrara. Más que caminar por la borda me parecía que casi flotaba sobre ella; y sé que era así, porque la energía del collar mantenía un zócalo de aire entre las tablas y las suelas de mi botas.
