
Sujetándome al cable helado con las piernas, me las arreglé para recobrar el aliento.
Por los jardines de la Casa Absoluta correteaban muchas aluetas. Como de vez en cuando los criados de nivel más bajo (cavadores o cargadores, por ejemplo) las atrapaban para la olla, las aluetas desconfiaban de los hombres. Me daba envidia al verlas correr por un tronco sin caerse y, por cierto, aparentemente sin saber nada de las dolorosas necesidades de Urth. Ahora yo me había transformado en un animal así. El más leve tirón de la nave me decía que hacia abajo estaba la vasta cubierta, pero era menos que la reminiscencia de una reminiscencia: una vez, quizás, yo había caído de alguna forma. Recordaba haber recordado esa caída.
Pero el cable era una especie de sendero de pampa; subir por él era tan fácil como bajar, y las dos cosas eran realmente fáciles. Como tenía muchas hebras había mil posibles asideros, y anduve a cuatro patas como un animalito de larga grupa, como una liebre corriendo por un tronco.
Pronto el cable llegó a una verga, la que sostenía la gavia baja. Me descolgué a otro cable más delgado, y de éste a un tercero. Cuando me encaramé a la verga que lo sujetaba, descubrí que ya no estaba subiendo; el murmullo que decía abajo había callado y el casco derivaba, simplemente, en algún punto que yo no alcanzaba a ver.
Más allá de mi cabeza se alzaban todavía las masas de velas plateadas, en apariencia tan infinitas como antes de que yo trepara al cordaje. A derecha e izquierda los palos de otras cubiertas divergían como las puntas de una flecha de cazar pájaros; o mejor como una línea tras otra de esas flechas, porque detrás de los que yo tenía cerca había aún más palos, separados por decenas de leguas. Como los dedos del Increado señalaban los confines del universo, y los sobrejuanetes mayores eran apenas lentejuelas entre las estrellas titilantes. Desde ese lugar habría podido arrojar el cofre al yermo (como tenía pensado) para que, tal vez lo encontrara alguien de otra raza, si el Increado así lo quería.
