
Dos cosas me retuvieron, la primera menos pensamiento que recuerdo, el recuerdo de mi primera decisión: la decisión tomada cuando escribía y las especulaciones sobre las naves de los hieródulos eran nuevas para mí y sólo meras hipótesis hasta que nuestra nave hubiera entrado en el tejido del tiempo. Ya había confiado el manuscrito inicial de mi relato a la biblioteca del maestro Ultan, donde no duraría más que nuestra Urth.
Esa copia que yo tenía estaba destinada (al principio) a otra creación: de modo que aunque fracasase en la gran prueba que tenía por delante, habría conseguido enviar una parte de nuestro mundo —por insignificante que fuese— más allá de las lindes del universo.
Ahora miraba las estrellas, soles tan remotos que los planetas circundantes no se veían, aunque algunos pudieran ser más grandes que Serenus; había torbellinos enteros de estrellas, tan remotas que un conjunto de billones parecía una sola.
Y yo seguía lanzado hacia arriba.
Divisé el tope del mastelero mayor. Alargué la mano para tocar una driza. Ahora eran apenas más gruesas que mi dedo, aunque cada vela hubiera cubierto diez docenas de prados.
Había calculado mal, y la driza estaba fuera de mi alcance. Otra pasó como un relámpago.
Y otra; al menos a tres codos de distancia.
Intenté cambiar de rumbo, como un nadador, pero lo único que conseguí fue alzar una rodilla. Ya mucho más abajo, los brillantes cables del aparejo, en ese palo más de cien, habían estado muy separados. Ahora no quedaba ninguno salvo el obenque del tope. Lo rocé con los dedos pero no pude agarrarme.
II — El quinto marinero
Se me avecinaba el fin y lo sabía.
