

Fernando Schwartz
La Venganza
© Fernando Schwartz, 1998
A Basilio Baltasar,
por ser mi amigo
En un mundo dominado por los hombres,
la perversidad es el recurso de la mujer.
Claude Chabrol
I
– Pero cuando Dios le arrancó la costilla porque no era bueno que el hombre estuviera solo y debía tener compañía; no la miró y exclamó te doy mujer, no, dijo varón, te doy varona, porque ése era el verdadero amor, la verdadera compañía que quería darle. No penséis que la compañía que os vais a dar el uno al otro puede ser diferente. Oh no, vosotros lo habéis querido así y así se os ha dado. Y si esperáis la felicidad el uno del otro, también os equivocáis:… -se le notaron bien los interminables puntos suspensivos y me pareció que Marga y Javier se enderezaban en el taburete aterciopelado que les servía de incómodo asiento frente al altar mayor-, la felicidad consiste en dar, no en esperar recibir.
¿A qué venía esta alusión final a la generosidad? Sonaba tan retorcida y tan falsa que me pregunté si don Pedro la añadía sólo por cubrir las apariencias y disimular una maldición bíblica que, por rabia o por despecho, quién sabe, hacía caer sobre las cabezas de todos nosotros. Sólo así se completaría la rueda, se cerraría el ciclo de la desventura: don Pedro, Marga, Javier y yo.
Y con todo, la voz del canónigo que, como un notario definitivo (y maldiciones aparte), sellaba mi vida, ni siquiera correspondía por su fuerza o por su gravedad al momento dramático, no sonaba, por las consecuencias que él parecía querer predecir con sus palabras, como debería sonar la imprecación de un Júpiter tronante, la voz terrible que me condenara (como este parlamento me condenaba) de modo definitivo a la soledad.
