
Era una voz madura la suya, más ampulosa que antaño, cierto, pero, como siempre, firme y coherente, y ahora tan convencida de lo que aparentaba ser su venganza, tan rencorosa en su desquite que me volví a Jaume y, para que no me lo notara nadie, sólo él, apenas si levanté las cejas inquiriendo mudamente ¿don Pedro? en un único gesto de sorpresa. Jaume, como siempre comprendiendo el lado irónico, la humorada de cualquier situación, sonrió de costado para provocar mi complicidad. Pero no, esta vez no. Esta vez no le iba a dejar salirse con la suya. No permitiría que escapáramos de ésta riendo como tantas otras veces. Ah, porque yo intuía, ambos debíamos intuir qué era todo aquello, ¿no? Ambos sabíamos adivinar qué se escondía detrás de tanta engañosa suavidad bíblica, ¿no? ¡Oh sí! Nos castigaba. Por encima de las demás venganzas, don Pedro nos castigaba a todos, a cada integrante de la trasnochada y ya envejecida pandilla. Y de paso, aunque seguro de que sin ser consciente de ello, me hería a mí más que a ninguno. Era así, ¿verdad? Porque, si no, nada de esto hubiera tenido sentido. ¿Que todo fuera gratuito? Imposible. Además, ¿cómo iba yo a permitir que saliéramos riendo si lo que ocurría en ese momento era que me condenaban, de ese modo me maldecían Marga y don Pedro y Javier?
Habían escogido bien el escenario en el que ambientar esta tragedia que la inmensa mayoría de los asistentes no era siquiera capaz de percibir: un lugar solemne y precioso, pero pueblerino, para situar en él el drama rural de uno solo.
La iglesia parroquial de Santa Maria, la Santa María del Camí patrona del pueblo, con sus suelos de mármol viejo repartido en grandes losetas unas veces blancas ensuciadas por el tiempo y otras gris marengo, y sus bancos oscuros, impregnados de incienso, olía como siempre a cera ardida. En el viejo retablo -gótico lo llaman, barroco me parece a mí-, amparada por cuatro columnas de madera pintada de oro, todo lo preside la santa patrona, tan joven y limpia que parece un efebo.
