A nuestra izquierda se encontraba la escalera de bajada al celler, una bodega perfectamente cuadrada en la que sólo había nichos y estanterías para las botellas en una de las paredes. De las restantes, todas recién encaladas y mantenidas con pulcritud, colgaban utensilios de la más variada naturaleza, extraños aparejos para la matanza, viejas lámparas de aceite, cacerolas agujereadas para meter caracoles, ganchos de los que colgar embutidos. También había dos grandes prensas para hacer queso, un enorme brasero en el que ardía cisco hecho del orujo graso de la aceituna y dos mesas alargadas (más tableros viejos que otra cosa), cubiertas en esta ocasión de vasos, botellas de vino, galletas untadas de sobrasada, trozos de queso curado en la misma casa y coca de verdura y de trampó. El vino, de Binissalem, rosado o tinto era de la crianza de Juan, igual que un blanco muy seco del Penedès. Este hombre tenía viñedos por todos lados.

– Blanco -me dijo Jaume, dándome un vaso lleno de vino del Penedès.

Sonrió, mirándome con los ojos muy negros, sabiéndose mi único cómplice en aquella reunión. Y como él, reviví de golpe las horas que la noche anterior habíamos pasado en casa, discutiendo frente al fuego de la gente y de las ideas y de los sentimientos y de la historia de las civilizaciones antiguas del Mediterráneo, que es lo que de verdad nos importa a los dos. Alicia, con sus ojos de gacela inocente y sus gestos pausados llenos de gracia, nos había hecho infusión de yerbaluisa, de la que hay en mi jardín, y se había sentado para guardar silencio y escuchar.

– Y sobrasada -añadió Marga secamente al ofrecimiento de vino, como si cumpliera con un rito desagradable.

Cambié la mirada de Jaume a ella. El timbre algo ronco de su voz de mezzosoprano le salía raspándole la garganta, del fondo de la entraña, deslizándose por entre mil recovecos de pasión. Recordé instantáneamente cómo otrora me habían enloquecido y de qué modo, antes de asustarme como un merodeador culpable, me había dejado enredar en ellos. Debí de sacudir la cabeza al pensarlo porque Marga apartó de mí la bandeja de sobrasada, creyendo sin duda que yo había hecho un gesto negativo.



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