– Venga, que éste ha llegado tarde -interrumpió Juan-, y va a estar lista la porcella sin que hayamos tomado el aperitivo. Vamos a bajar a la bodega, venga.

Del fondo de la sala, en el lado opuesto a la entrada desde la calle, se accede al comedor de la casa bajando un escalón y pasando por una puerta de madera casi negra que, en la parte superior, tiene dos cuarterones de cristal tapados pudorosamente por sendas cortinas blancas hechas a mano, como de pasamanería. En el dibujo de cada cortina hay un gato jugueteando con lo que aparenta ser una madeja.

El comedor es un rectángulo que se extiende por igual a derecha e izquierda de la puerta. En la pared de enfrente, en el ángulo izquierdo, se encuentra el acceso a la cocina y directamente frente a la puerta de la sala, la salida al patio. A través de los cristales se divisa el brocal del pozo. Es de piedra de mares que el tiempo ha puesto de color rosa.

Una enorme mesa rectangular ocupa todo el centro de la habitación y detrás de cada extremo de ésta hay un pesado aparador de madera negra. En las paredes, por todos lados, cuelgan grabados con motivos religiosos y anacrónicas vistas de Tierra Santa más imaginadas por el autor que fieles al paisaje verdadero. Los marcos son de madera arabescada y las tintas y los papeles están muy manchados por efecto de la humedad y amarillentos por el paso del tiempo. Un gran espejo isabelino cuelga en el único espacio que queda libre de tanta imaginería religiosa. Y es que a la muerte del padre de Juan y de Marga, que había sido notario de Selva, habían ocupado la casa dos ancianas y remotas tías de ambos que dedicaban sus vidas a cuidar de un hermano, tan viejo como ellas, que era el párroco del lugar. Habían muerto, primero el párroco y luego la hermana más joven y por fin la más vieja, en el espacio de seis meses.



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