
Don Pedro iba revestido de una casulla blanca y dorada cuyos amplios pliegues le permitían gesticular unas veces con teatralidad, levantar otras las manos con languidez o apuntar aun otras con intenso fulgor a los novios o al resto de la asamblea para dirigirse a unos o a otros, imponer silencio, reconvenir o amonestar dulcemente a los que se casaban, felicitarse de tan alegre, ¡alegre!, ocasión, impetrar la presencia de Dios como testigo de cuanto ocurría allí, levantar la voz para apercibir de males o maldiciones. Convertido en maestro mirífico de ceremonias, controlaba toda aquella representación con absoluta eficacia y precisión. Había llegado pocos minutos antes de que Marga hiciera su entrada en la iglesia del brazo de Juan, pero se hubiera dicho que había ensayado con gran antelación cada detalle, cada momento, cada reproche, cada movimiento, cada sonrisa y cada severidad. Nada quedaba desplazado, nada chirriaba. Todo obedecía a un orden y a un protocolo que sólo él conocía pero que, salvo por su artificialidad insoportable, no resultaba estridente, sobre todo para quienes, espectadores distantes y superficiales, meros invitados, no estaban en el secreto.
Menos Elena y Domingo, habíamos acudido todos. Y a ellos dos no les hubiera importado estar si no se lo hubieran impedido las convenciones sociales: por mera cuestión de decoro, la primera mujer del novio y su nuevo compañero no podían presentarse al casamiento, aun cuando la noche de dos días antes se hubieran sumado a la celebración previa como si tal cosa.
