Lleva en su brazo derecho a un niño Jesús que se pierde entre los ropajes y en los dorados hasta desaparecer, y la flanquean santo Tomás de Aquino y san Francisco de Asís. La Virgen apoya sus pies en una gran esfera de oro; en tiempos, la esfera se abría en dos, como una granada partida, para que en su interior cupiera la custodia durante las noches de vigilia sacramental.

Todo lo corona un gran manto de madera policromada en granate y oro que se asemeja al papel de Navidad de un escaparate, presto a envolver el regalo de más valor que se exhibe en él. Y por encima de todo ello se cierra la cúpula del altar mayor, una caracola inmensa que, pecador de mí, siempre me ha recordado a la que, menos piadosa, sostiene a una Venus desnuda saliendo del mar de Botticelli. Se lo dije una vez a don Pedro; rió y dijo «una vez hereje, siempre hereje, Borja, caramba». Y me dio un capón amable porque ya no estábamos para tirones de oreja.

A este olor tan eclesial y de por sí tan especioso de la cera ardida y del incienso se superponían hoy los perfumes de las calas y el jazmín que los decoradores habían colocado en primorosos arreglos por los extremos de los bancos y en los tres grandes escalones de mármol rojo veteado por los que se accede al altar mayor. Pero a esa mezcla se superponía aún más el efecto aromático de la cosmética aplicada con generosidad a las decenas de cuellos y escotes de las invitadas a la boda. Chaneles, diores y diorísimos, joys, victorios y luchinos, loewes y armanis flotaban pastosos y acalorados a la altura de nuestras cabezas, embriagando el ambiente y casi mareándonos a los presentes con sus efluvios a rosa y a especias de Oriente, a zajarí y a mandarina, a azahar y a nardos.

El efecto general que aquello provocaba en mí era de una vaga angustia, fruto sobre todo de tanta solemnidad recargada y barroca:



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