poco más atrás del banco de los testigos del novio que yo encabezaba, una bellísima y jovencísima mujer había conseguido revestirse de unos colores tan nítidos, un traje de chaqueta de raso verde de anchos hombros y profundo escote, una gran pamela blanca, las piernas, éstas sí sin medias, uniformemente tostadas, el maquillaje sin sombras perfectamente aplicado a la cara para que se le notara la juventud, que bien hubiera podido ser un retrato de Botticelli o de Lempicka desprovisto de claroscuros. Imaginaba uno un pubis lustroso, la piel hidratada a la perfección, unas caderas voluptuosamente marcadas a grandes trazos por un pincel implacable y absolutamente preciso, unos pechos pequeños e impertinentes. Aquella muchacha era la encarnación de la primavera sin mancha. Me miró y sonrió; luego se inclinó hacia su amiga que, tan limpia y tan perfumada como ella, se encontraba a su lado y le susurró cualquier cosa al oído.

En un banco a media iglesia vi de pronto a Tomás. No esperaba que hubiera venido y me sobresalté. A mi lado, Jaume lo notó y giró la cabeza mirando hacia atrás hasta que: también lo divisó. Lo saludó con un movimiento de la barbilla y una gran sonrisa. Tomás sacudió la cabeza y movió los hombros para acomodarlos a un traje que le estaba evidentemente incómodo. Con su mata de pelo negro y rizado y sus ojillos vivos, sonreía como siempre de medio lado, seguro de sí mismo, como si acabara de conquistar el mundo. Supuse que había llegado desde Madrid aquella misma mañana y con la vista busqué a Catalina temiendo que la presencia de ambos en la boda pudiera acabar provocando una violencia, alguna discusión escandalosa, un gesto de desprecio o de rabia, pero no sólo en ella sino también en las demás mujeres de la pandilla. Ah, allí estaba Catalina, más cerca de mí, junto a su hermana Lucía, tres filas más atrás. Sonreía con indiferencia, como siempre, y si se había percatado de la presencia de Tomás, parecía ignorarla.

Lucía y Andresito miraban al frente con actitud apacible.



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