Pensé que Lucía estaba verdaderamente guapa con la piel tostada, rellena de carnes, la mirada viva y la imborrable sonrisa. Andresito no había querido ser testigo. «Si voy a la boda de mis amigos, no necesito ser testigo y vestirme de chaqué; pues vaya una tontería.» Pero sospeché que las razones eran otras y que tenían más que ver con el tamaño de su estómago y la grasa acumulada en su pecho y en sus hombros por la buena vida de años. ¡Qué buena gente, el juez!

Al lado de los tres también estaban Alicia, la mujer de Jaume, tan dulce y guapa y apacible como siempre, y Carmen, que de vez en cuando miraba a su marido plantado con solemnidad en el banco de los testigos, íntimamente convencido de su importancia. Pero en seguida desviaba la mirada y la paseaba por los invitados, buscando en las caras de la gente conocida un cotilleo, un motivo de escándalo, cualquier curiosidad que pudiera luego alimentar horas de conversación.

Un poco más allá, dos señoras mayores, también coloreadas por el sastre sevillano o madrileño de la última moda, se abanicaban pacientemente para combatir el calor.

Y así, un banco tras otro. Todas estaban aquí. Con sus maridos o con sus hijos o con sus amantes, con sus adulterios o con sus pasiones o solas o en grupo. Todas.

Y solamente nosotros, Juan y yo, Jaume, Alicia, Biel, Tomás, Andresito, Lucía y los demás (mis hermanos, también mis cuatro hermanos pequeños y Sonia, mi única hermana), encajábamos en la representación, acto primero, escena primera o acto postrero, escena final. Y es que en realidad se trataba de nuestra ceremonia, de nuestros novios, de nuestro melodrama, y no necesitábamos la compañía de nadie que nos lo explicara y lo cargara de solemnidad. Como todo lo nuestro, hubiéramos preferido celebrarlo a solas.

En los bancos del final, las viejas del pueblo esperaban sentadas a que pasara el cortejo nupcial. Vestidas de negro, contemplaban tanta cacofonía y tanto colorín con la mezcla de desconfianza y desprecio tan propia de pueblos reacios. Rígidas, envaradas, miraban con ojos duros e inmóviles, como lagartos.



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