
Al lado de los tres también estaban Alicia, la mujer de Jaume, tan dulce y guapa y apacible como siempre, y Carmen, que de vez en cuando miraba a su marido plantado con solemnidad en el banco de los testigos, íntimamente convencido de su importancia. Pero en seguida desviaba la mirada y la paseaba por los invitados, buscando en las caras de la gente conocida un cotilleo, un motivo de escándalo, cualquier curiosidad que pudiera luego alimentar horas de conversación.
Un poco más allá, dos señoras mayores, también coloreadas por el sastre sevillano o madrileño de la última moda, se abanicaban pacientemente para combatir el calor.
Y así, un banco tras otro. Todas estaban aquí. Con sus maridos o con sus hijos o con sus amantes, con sus adulterios o con sus pasiones o solas o en grupo. Todas.
Y solamente nosotros, Juan y yo, Jaume, Alicia, Biel, Tomás, Andresito, Lucía y los demás (mis hermanos, también mis cuatro hermanos pequeños y Sonia, mi única hermana), encajábamos en la representación, acto primero, escena primera o acto postrero, escena final. Y es que en realidad se trataba de nuestra ceremonia, de nuestros novios, de nuestro melodrama, y no necesitábamos la compañía de nadie que nos lo explicara y lo cargara de solemnidad. Como todo lo nuestro, hubiéramos preferido celebrarlo a solas.
En los bancos del final, las viejas del pueblo esperaban sentadas a que pasara el cortejo nupcial. Vestidas de negro, contemplaban tanta cacofonía y tanto colorín con la mezcla de desconfianza y desprecio tan propia de pueblos reacios. Rígidas, envaradas, miraban con ojos duros e inmóviles, como lagartos.
