No tuvimos tiempo de librarnos plenamente de lo que teníamos de orientales, pero siguiendo las órdenes de Pedro, la ciudad fue erigida tan rápidamente como un escenario teatral, en solo cincuenta años. Los rusos dicen que Pedro levantó su ciudad en el cielo y luego la hizo bajar hasta el suelo, ya completa. Pero no fue Pedro quien construyó esta ciudad: siervos y reclutas excavaron los cimientos con sus manos desnudas, se llevaron la tierra en los faldones de sus camisas, trajeron y apilaron mármol, granito, pizarra y arenisca. Doscientos mil trabajadores murieron de agotamiento, frío y enfermedades mientras transportaban y erigían aquella piedra, y decimos que la ciudad está construida encima de sus huesos, y sobre sus huesos paseaba el beau monde de Petersburgo cada tarde.

Sí, Petersburgo empezó como fortaleza e incluso en 1890 era todavía una ciudad militar; sesenta mil hombres permanecían acuartelados en unos vastos barracones en el bulevar Konnogvarleiski, detrás del ménage de la Guardia Montada, en el extremo más occidental del Campo de Marte o en el distrito de Viborg, y la ciudad estaba coloreada por los uniformes gris verdoso de los granaderos, blanco y plata de los guardias montados, las casacas escarlata de los húsares y el azul y dorado de los cosacos. Esos hombres y sus oficiales no estaban en Peter solo para hacer maniobras, sino también para actuar. La temporada alta social empezaba en enero, espoleada por los doce bailes que celebraba el zar en el Palacio de Invierno. Los mensajeros de la corte, con sus chaquetas verdes, sus gorros negros con plumas y sus guantes entregaban miles de tarjetas de vitela almidonada grabadas con las águilas doradas de dos cabezas solicitando la asistencia de los convocados a palacio.



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